Mitos, tradiciones y mentiras

En las pasadas fiestas de San Antonio, los Concejales de Participa asistimos a nuestro primer acto oficial protocolario, la Comida de los Mayores. Confieso que me generaba gran respeto asistir a este evento como Concejal Propositor (nuevo cuño lleno de significación en sustitución de Oposición). Por un lado por mi desconocimiento de la dinámica de este tipo de encuentro en el municipio, por otro, porque nos presentábamos en un acto donde sabemos que la mayoría de sus asistentes no confiaron su voto a la propuesta de Participa. Temí sentirme perdido como hincha del Atleti en medio del Fondo Sur. Me tomé muy en serio el evento, quería estar a la altura de la tradición y dediqué varias horas a practicar el movimiento del paso doble, estaba dispuesto a sacar a bailar a alguna abuela, quería que supieran que somos de este mundo aunque rechacemos las políticas de derecha del PP representado en nuestro municipio por el actual alcalde.

El día D, vestidos para la ocasión, nos presentamos en el polideportivo, fuimos saludando a aquellos que amablemente nos felicitaban por la nueva tarea que nos encomendaron los vecinos a través de las elecciones y adentrándonos en el vetusto edificio que representa el deporte en La Cabrera. Una vez alcanzada la pista que alguna vez quiso ser piscina esperamos que el Alcalde actuara de anfitrión y nos sugiriese un sitio donde sentarnos. Aún esperamos.

Poco a poco las expectativas iban cayendo en picado. Para acceder a la pista se dispone de una única y estrecha escalera, muchos abuelos con problemas de movilidad eran porteados de forma patética haciendo más dura su propia limitación, los servicios distantes a unos 30 ó 40 metros obligan a más escaleras aún, pero ahí estaban nuestros mayores, dispuestos a revivir una vez más las tradiciones como Dios manda, yo mientras tanto, intentaba no enfriar musculatura en mi anhelo de marcarme un pasodoble que me obligara a dar una vuelta al ruedo entre oles y vítores.

Entre biombos, cocineros de una empresa de Guadalajara muy dispuestos preparaban una paella que sería el plato estrella de la velada. No conseguí entender por qué no convocaban a la hostelería local para atender tan magno acontecimiento o por qué los quintos, que estoy seguro hubiesen estado encantados de colaborar, no habían sido convocados en ayuda de los mayores en señal de valoración y reconocimiento de aquellos que contribuyeron a forjar el municipio que hoy disfrutamos. Pero qué esperar, si tampoco estaban presentes los Concejales del Partido Popular, con la salvedad de uno de ellos y de nuestro plenipotenciario Alcalde.

Silencio, habla el Alcalde, agradecimientos varios, palabras generalistas y vacías de contenido que reivindican la tradición del homenaje. Y mi desilusión va en aumento. Una más, y esta no me la esperaba, no me lo habían advertido. Habla el Sr Cura, nada nuevo, palabras conocidas forjadas en dos mil años de historia que no se mueven de la línea, aunque la línea haya desaparecido, acaba con un Padre Nuestro, nos bendice y nos permite comer. Resisto. Tres vasos de tinto de verano sin alcohol me dan el ánimo necesario, apuro el plato de comida, el tiempo pasa deprisa, y ya estoy listo para bailar “agarrao” un pasodoble inolvidable. Miro a mi alrededor tratando de encontrar a esa persona que se ocupará de poner todo en marcha y dar la orden de apartar las mesas para que empiece la fiesta. Fiesta de encuentro y convivencia entre esa generación de final de la guerra y los recientes jubilados ya sea por edad o por esta crisis que dejó tirado a millones de españoles mientras enriqueció como nunca a un puñado de delincuentes. Pero la fiesta no comienza, la fiesta se apaga y la gente empieza a marcharse. Con suerte habrán intercambiado algún saludo con quién se sentó a su lado y poco más. Y yo me avergüenzo.

Como Concejal Propositor no puedo creer que alguien sea capaz de defender este acto sin sentirse medianamente responsable de tamaña MEDIOCRIDAD.

Las tradiciones no son actos de fe, no son dogmas. Comencemos a sostener preguntas, pongamos las cosas en cuestión y atrevámonos a la duda. Porque las cosas no están bien y las tradiciones no dan respuesta.

Empecemos a cambiar o “que Dios nos pille confesados”.

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